La prueba del desayuno

Por: Nir Hindi


Imagina llegar al trabajo, no a una oficina impecable, sino a la casa de un colega. Te quitas los zapatos en la entrada. El dibujo de su hijo está pegado en el refrigerador. La mesa donde hoy haces bocetos es la misma donde esa familia cena cada noche. La luz es tenue, el ambiente huele ligeramente a café y madera, y el espacio transmite una calidez que ninguna sala de juntas puede replicar.

¿Qué ocurre cuando los equipos dejan atrás la mera funcionalidad y abrazan lo humano?

En una rara aparición pública, el 6 de mayo de 2025, Sir Jony Ive conversó con Patrick Collison durante el evento Stripe Sessions. El legendario diseñador compartió reflexiones sobre liderazgo y dinámicas de equipo que pocas veces aparecen en la mitología de los productos tecnológicos.

Este es el segundo ensayo de una breve serie en la que analizo ideas surgidas de esa conversación. Si el primer texto exploraba nuestras responsabilidades como creadores, éste se enfoca en las personas con quienes creamos: nuestros equipos.

Más allá del talento: la diferencia entre un grupo y un equipo

Porque para crear algo icónico —como el iPhone, el iMac o el iPad— la visión estética no basta. Se necesita lo que Ive definía como “equipos creativos extraordinarios”. Ése, aseguró, siempre fue su verdadero objetivo.

Pero construir equipos de esa naturaleza requiere mucho más que talento. Muchos líderes reclutan individuos brillantes y terminan con exactamente eso: un grupo de personas talentosas. Pero no un equipo. Y, en mi experiencia, la diferencia se percibe casi de inmediato.

La confianza es lo que transforma a un grupo en un equipo. Y Jony Ive descubrió que algunas de las herramientas más poderosas para construir confianza ni siquiera eran estrategias formales: eran rituales.

Gestos ordinarios, casi invisibles, que suavizaban barreras y redefinían la conexión humana. No se trataba de retiros corporativos anuales, ni dinámicas forzadas de integración. Eran desayunos y visitas a casa. Señales cotidianas que reconstruían el tejido emocional de uno de los equipos más innovadores del mundo.

Jony compartió dos rituales que me parecieron tan simples que pensé: ¿cómo nunca se me había ocurrido esto?

Crear para los demás

“Es muy bueno hacer cosas para los demás”: Jony Ive.

Esta frase describe una de las pocas estrategias de equipo en Apple que realmente funcionaron. “Hacer cosas para otros” no tenía que ver con productividad, sino con presencia. Con generosidad. Con el cambio radical que ocurre cuando tu conexión diaria con tus compañeros deja de comenzar con reportes de estatus y empieza con una pregunta distinta: ¿qué puedo crear para ellos?

Ese pequeño giro —de lo individual hacia lo colectivo, del yo hacia el equipo— es donde comienza la confianza. Al crear para otros, los miembros del equipo entran en un estado de vulnerabilidad y cuidado mutuo.

Empiezas a preocuparte más por los demás que por ti mismo. Y cuando alguien te entrega algo que hizo especialmente para ti, “eso te coloca en un lugar hermoso. Te vuelve vulnerable y hace que la otra persona sienta gratitud. Y eso es muchísimo, ¿no?”, explicó Ive. No importa si es imperfecto; genera agradecimiento.

Entonces, Ive compartió dos rituales que encontré especialmente poderosos.

El ritual del desayuno

Tomemos el desayuno como ejemplo. Cada viernes, un integrante del equipo de diseño era responsable de preparar el desayuno para todos los demás. No tenía que ser algo sofisticado. “Estoy hablando de cereal y leche”, dijo Ive entre risas. “Vimos niveles impresionantes de comida, y otras cosas realmente desastrosas. Pero todo nacía del mismo lugar en términos de motivación”.

Este ritual rotativo lograba algo que los talleres de integración rara vez consiguen: nivelar la sala. Todos, sin importar su jerarquía, tenían su turno frente a la estufa o la caja de cereal. Y todos recibían el mismo gesto de cuidado. Había humor, sí, pero también humildad. El desayuno no era sólo comida; era una vulnerabilidad compartida, un pegamento cultural.

Cuando los líderes buscan construir cultura organizacional, suelen recurrir a declaraciones de valores o misiones corporativas. Pero los valores son abstractos hasta que se practican. La cultura es aquello que hacemos repetidamente. Y en este caso, la cultura sabía a pan tostado y café, servidos por un colega que quizá diseñaría el próximo iPhone.

Diseñar en salas de estar

Pocas personas prosperan bajo el zumbido de luces fluorescentes en salas sin ventanas. Ive también lo entendió, y por eso introdujo un ritual de hospitalidad: el equipo pasaba jornadas completas de trabajo en las casas de sus compañeros. “Fue una forma muy poderosa de hacer buen trabajo y construir equipo”, señaló.

La dinámica era sencilla. Una semana podría ser en tu casa; la siguiente, en la de alguien más. Pero el efecto era siempre el mismo. El anfitrión sentía cierta ansiedad, consciente de exponer su espacio personal —imagina invitar a algunos de los diseñadores más talentosos del mundo a tu sala—. Los invitados, por su parte, se comportaban de manera más considerada, más atentos al ritmo doméstico que a la frialdad estéril de la oficina.

Y ese cambio importaba. Porque, como explicó Ive, cuando estás sentado en el sofá de alguien con tu libreta de bocetos sobre su mesa de centro, trabajas distinto. Diseñas distinto.

Piensas distinto sobre las personas. Las implicaciones humanas del trabajo se sienten más cercanas, más inmediatas. Ya no estás en un espacio impersonal lleno de pizarrones y sillas giratorias. Estás en un lugar moldeado por la vida real. 

“Si estás diseñando para personas y te encuentras en la sala de alguien… por supuesto que piensas diferente, ¿no?”, dijo Ive.

 Ese es el punto. El diseño centrado en las personas requiere entornos centrados en las personas. Cuando creamos espacios para la conexión emocional, creamos también las condiciones para un trabajo más sensible, más generoso y consciente.

La confianza es tangible

Hablo con líderes. Escucho lo que dicen. También escucho a los empleados. Y muchas veces, lo que más resuena es la ausencia de confianza: no sólo en lo que se dice, sino en lo que no se dice. Se percibe en los silencios, en las miradas laterales, en los gestos más pequeños.

Si quieres innovación —si buscas creatividad auténtica— necesitas confianza. Y probablemente ya hayas sentido su ausencia. Quizá incluso dentro de tu propio equipo.

Los datos reflejan esta crisis silenciosa: 25 % de los empleados no confían en su empleador. 38 % no confían en sus compañeros de trabajo. Y, 43 % aseguran no sentirse conectados con las personas con las que trabajan.

Si realmente queremos crear para las personas, debemos empezar por la confianza. Y eso aplica no sólo para los equipos, sino también para las tecnologías que construyen.

Quizá por eso, para cuando leas esto, ya habrás escuchado sobre la adquisición por parte de OpenAI de la nueva compañía de IA de Jony Ive. Porque si estamos construyendo inteligencia destinada a servirnos a todos, necesitamos algo más que algoritmos. Necesitamos equipos creativos extraordinarios, cimentados en empatía, cuidado y conexión.

Eso fue lo que Jony Ive construyó en Apple. Y no lo hizo mediante grandes estrategias corporativas. Lo hizo a través de rituales simples.

Ive propone una manera profundamente humana de empezar a cerrar la brecha de confianza: no mediante políticas, sino mediante prácticas. No necesitas comenzar organizando jornadas laborales en tu sala. Pero sí puedes empezar con dos cambios esenciales: crear algo para alguien más y convertirlo en un ritual.

Estos pequeños actos —desayunos, espacios compartidos, gestos de presencia— apuntan hacia una verdad simple: la confianza no es un principio abstracto. Es una práctica. No se construye con eslóganes, sino con repetición. Con vulnerabilidad. Con reciprocidad. Y con el valor cotidiano de demostrarles a los demás que importan.

Así que, pregúntate: ¿qué puedo crear para mi equipo? ¿Qué ritual podría introducir para recordarles a las personas que son valoradas, no sólo por lo que hacen, sino por quiénes son?

Tal vez sea un desayuno. Tal vez una caminata. Tal vez una conversación en un lugar inesperado.

Porque la innovación más duradera no comienza con la tecnología. Comienza con la confianza.